Edición N° 6
Por: Mi camarada el Cha-Cha
La diversidad cultural es un hecho en casi todos los países del mundo. Pero en Latinoamérica, especialmtente en los páises andinos o en México, tal situación es especialmente pronuncidad.Los ciudadados de estos páises mal o bien llamados indígenas, están en presencia de una problematica no resuelta desde hace décadas: los óbstaculos en el acceso a los bienes y derechos considerados básicos y consagrados en cada una de las constituciones de estas repúblicas.
Nuestro tema del mes de enero se dedica, en su primera parte, a explorar el término indígena, cuestionando su utilidad para entender la realidad social andina. La segunda parte tiene como propósito analizar, desde la perspectiva de la filosofía del derecho, el concepto de derechos básicos y el rol de la pertenencia cultural.
¿Qué significa ser índigena?
El término indígena reviste tal grado de complejidad que se hace difícil encontrar una definición unitaria y a la vez satisfactoria. La palabra viene del latín indigena que significa nativo, es decir, originario de un determinado lugar. El indígena puede, entonces, ser entendido como aquel que tiene fuertes y antiguos lazos con el lugar donde vive. Por lo mismo es tentador definir lo indígena exclusivamente de acuerdo a criterios objetivos tales como idioma, tradiciones, territorio y ascendencia. Pero el uso común del término demuestra que el asunto no es tan simple.
Mientras que en Bolivia y Ecuador existen grandes movimientos que se denominan indígenas, por otra parte en Colombia este término tiene un significado despectivo y solamente las poblaciones que viven en zonas geográficas o las llamadas "reservas" se denominan así. Pero en cambio varios campesinos de Colombia , al poseer ascendencia indígena no se identifican como tal, sino como agricultores y jornaleros.Por lo pronto, los criterios usados en el lenguaje común para definir quién es indígena no son solamente objetivos, sino también subjetivos. Ser indígena implica asumir un rol, una identidad que como tal necesita ser construida desde el sujeto en su interacción con el entorno.
Existe, entonces, el peligro de que lo indígena resulte siendo, paradójicamente, un concepto foráneo, impuesto por un sector nacional sobre una población que nunca se identificó como tal. Por ahora tomaremos como ejemplo al Perú y la tesis de Mirko Lauer, quien dice la situación de este país en la primera mitad del siglo XX. En su libro Andes Imaginarios, Lauer analiza el movimiento indigenista que se dio en el Perú en aquella época. Lo divide en dos componentes separables, el político y el cultural.
Mientras el indigenismo político (con José Carlos Mariátegui como su principal figura) careció de unidad, siendo paulatinamente “cooptado” por las distintas ideologías políticas de aquella época, el indigenismo cultural sí puede ser entendido como un movimiento propiamente dicho (Lauer 1999, 33-38). Este indigenismo (representado por el pintor José Sabogal y el escritor Ciro Alegría, entre otros) fue una “construcción criolla” cuya misión consistió en “restablecer la continuidad desde una cultura marcada por la ruptura” (ibíd., 84), “presentar lo indígena como algo funcional a la nacionalidad” (ibíd., 92).
¿Existió un hombre autóctono indigenizable desde la cultura criolla? El indigenismo-2 [el indigenismo cultural] no ha presentado esa realidad; la construcción que hizo en el intento de presentarla no resiste la prueba de las ciencias sociales y, mucho más importante, las de la experiencia y las del sentimiento. El impedimento es que estamos ante una petición de principio: hay gente que no es criolla y hay culturas autóctonas, por tanto existe lo indígena. Frente a eso el discurso del indigenismo-2 postuló en los hechos que lo que le faltaba a la nacionalidad no era un acto de conocimiento teórico por definición -conocer lo autóctono-, sino un acto práctico: crear y recrear una versión del hombre autóctono, aun sin necesidad de conocerlo.
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